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Cuando nada está diseñado para ti: lecciones incómodas de mi viaje a Shanghái

Mirna Arriazola Lujambio 19 Ene 2026

Viajar no siempre es cómodo: a veces descoloca, incomoda y obliga a mirar distinto. En ese choque, surge una comprensión más amplia del mundo.

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Viajo desde hace casi cuarenta años. Con el tiempo, una cree que ya pocas cosas sorprenden de verdad. Aprendes a moverte en aeropuertos sin pensar, a leer ciudades con rapidez, a entender silencios y gestos, aunque no domines el idioma. Viajar se vuelve un músculo entrenado. Aun así, hay lugares que logran descolocarte por completo. No porque sean hostiles, sino porque no hacen ningún esfuerzo por adaptarse a ti. Shanghái fue uno de ellos.

No ayuda que Shanghái no sea solo “otra ciudad”. Es una megaciudad habitada por casi 25 millones de personas, moviéndose al mismo tiempo, compartiendo espacio, ritmo y sistemas. Ese número es abstracto hasta que empiezas a caminarla y entiendes que aquí todo está pensado para funcionar a una escala que no suele pedir explicaciones.

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El primer recordatorio llegó pronto y sin estridencias. Hablo varios idiomas y, durante años, eso ha sido una herramienta útil para moverme por el mundo. En Shanghái dejó de serlo. Ninguno de esos idiomas servía realmente. No entender, no poder leer letreros ni preguntar con claridad pasó de ser una incomodidad puntual a una condición permanente. En una ciudad donde el inglés no es lengua de operación cotidiana, el sistema no está diseñado para traducirse. Simplemente funciona. Y tú decides si te adaptas (gracias traductores y señas) o te quedas fuera.

Esa sensación se reforzó casi de inmediato con algo que, paradójicamente, solemos celebrar: la transformación digital. Aquí no es discurso ni aspiración futura, es vida cotidiana. El efectivo prácticamente no existe, las tarjetas físicas sirven de poco y todo se paga con WeChat o Alipay.

Más del 80 por ciento de los pagos cotidianos en China se realizan desde el teléfono móvil, y estas dos plataformas concentran más del 90 por ciento de las transacciones. Pedir un café, moverte en transporte público o pagar una compra toma segundos. Hasta que no lo hace. Cuando tus cuentas son extranjeras y tu banco bloquea movimientos por seguridad, la eficiencia deja de ser admirable y se vuelve frustrante. La tecnología que agiliza procesos también excluye, aunque no esté pensada para hacerlo.

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A esa incomodidad tecnológica se sumaron las escenas más simples del día a día. Al bajar a desayunar el primer día, me encontré con un comedor lleno, mesas compartidas, ruido constante, conversaciones cruzadas. Pensé en cómo, en muchos de nuestros países, el inicio del día suele ser silencioso, casi introspectivo.

Cada quien en su burbuja, ignorando al de al lado. Aquí no. Aquí el espacio se comparte sin pedir permiso. Para alguien que suele ser más callada, introvertida, mis mañanas tomaron un giro que nunca esperé…pero que al final disfruté.

Ese mismo ritmo se siente en el cuerpo. El espacio personal es mínimo y nadie parece cuestionarlo. En el metro, no es raro que alguien te empuje para ganar un lugar. No hay disculpas ni miradas incómodas. No es agresión, es flujo.

El metro de Shanghai es una de las redes más grandes del mundo, con estaciones que mueven cientos de miles de personas al día. En ese contexto, el espacio personal no desaparece por descortesía, sino por necesidad. Yo tardé varios días en dejar de tensarme cada vez que ocurría (¡sí! Soy de esas personas que cuida y aprecia su espacio).

Mientras tanto, la imagen personal aparecía por todos lados. Piel extremadamente blanca, pupilentes claros, cremas aclaradoras, marcas visibles. No como imposición explícita, sino como aspiración compartida. Observarlo desde fuera obliga a reconocer algo incómodo: todas las culturas construyen ideales de pertenencia y éxito, solo que algunas los muestran sin disimulo.

Y como si todo eso no fuera suficiente, apareció el silencio digital. Plataformas que uso a diario simplemente no funcionan: la famosa Muralla China. Google, WhatsApp, Instagram, Facebook desaparecen.

En una ciudad donde más del 85 por ciento de la población vive conectada desde el móvil, quedarte sin acceso a esas herramientas no es una desconexión romántica, es quedar fuera del sistema. Haber llevado un plan de datos con VPN fue un acierto, pero aun así, la dependencia tecnológica se volvió evidente y no pude evitar momentos de estrés pensando en qué pasaría si no pudiera volver a conectarme con datos…

Durante los primeros días, todo se acumuló como una fricción constante. Sentirme torpe, lenta, fuera de lugar. Sin embargo, algo empezó a cambiar cuando dejé de resistirme. Cuando entendí que no se trataba de que Shanghái se adaptara a mí, sino de observar cómo funcionaba sin intentar compararlo todo con lo que conozco.

La incomodidad no desapareció. Se transformó. Pasó de ser un choque permanente a una forma de aprendizaje. Empecé a disfrutar la ciudad no porque se volviera familiar, sino porque aprendí a moverme dentro de algo que me era completamente ajeno. Comencé a saludar y agradecer en chino, lo que me regaló algunas sonrisas inesperadas.

Viajar, incluso después de tantos años, sigue teniendo ese poder. No siempre amplía horizontes de manera amable. A veces te quita herramientas, te deja sin referencias y te obliga a mirar distinto. Y en ese proceso, incómodo pero honesto, ocurre algo valioso: entender que hay muchas formas de organizar la vida, la tecnología y la convivencia.

No mejores ni peores, solo distintas. Y aprender a habitarlas, aunque incomode, también es una forma de aprendizaje.

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Mirna Arriazola Lujambio

Consultora independiente Consultora con más de 14 años de experiencia en estrategias B2B y B2C. Actualmente forma parte de la agencia Triade, donde continúa desarrollando soluciones innovadoras en comunicación estratégica. Ha trabajado en diversas industrias como la automotriz, tecnología, farmacéutica y de consumo. Cuenta con un posgrado en Publicidad y Relaciones Públicas por la Universidad Panamericana y un MBA obtenido en Madrid, España.

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