La banca busca elevar el crédito del 38 al 45 por ciento del PIB hacia 2030. El reto no es solo financiero: requiere inversión, certidumbre y proyectos productivos que impulsen el crecimiento.
En una economía que busca recuperar dinamismo, el crédito vuelve a colocarse en el centro de la discusión. La pregunta no es menor: ¿puede la banca convertirse en uno de los motores del crecimiento económico del país?
Para el presidente de la Asociación de Bancos de México, Emilio Romano Mussali, la respuesta es sí, pero con condiciones claras. La meta que plantea el sector es elevar el crédito como proporción del PIB del actual 38 al menos a 45 por ciento hacia 2030.
MIT SMR México se financia mediante anuncios y sociosEl salto no es menor. Implica un incremento aproximado de 4.5 billones de pesos en cartera adicional respecto a los niveles actuales. Hoy, el financiamiento de la banca a la economía ronda los 8 billones de pesos y crece cerca de 10 por ciento anual, una tasa que incluso supera el ritmo de expansión del propio PIB.
La banca, asegura Romano, tiene la capacidad para acompañar ese crecimiento. El verdadero desafío está en generar las condiciones que permitan que ese crédito se convierta en inversión productiva.
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Aquí aparece un elemento que los banqueros repiten con frecuencia: la necesidad de certidumbre. Para que el financiamiento fluya, el gobierno debe actuar como facilitador del desarrollo, generando reglas claras, estabilidad jurídica y procesos ágiles que permitan a los distintos actores participar en esquemas de inversión.
La infraestructura, en ese sentido, juega un papel central. No solo porque requiere grandes montos de financiamiento, sino porque funciona como un multiplicador del crecimiento económico.
Cuando se construyen carreteras, puertos, parques industriales o infraestructura energética, se activan cadenas completas de valor. Y ahí el crédito bancario puede convertirse en catalizador.
Pero el crédito no se expande por simple voluntad de los bancos. Como advierte Eduardo Osuna Osuna, vicepresidente y director general de BBVA México, la expansión del financiamiento depende de factores mucho más estructurales.
El primero es la existencia de proyectos viables. Sin inversión productiva, no hay financiamiento que colocar. El segundo es reducir la informalidad, uno de los grandes obstáculos para ampliar la base de empresas y personas que pueden acceder al sistema financiero.
El tercero, quizá el más intangible, es la confianza. Si las empresas perciben incertidumbre sobre el entorno regulatorio, la disponibilidad de energía o incluso la gestión del agua, las decisiones de inversión simplemente se postergan.
Y cuando la inversión se frena, el crédito también.
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A pesar de los retos, el diagnóstico del sistema financiero es optimista. Para Tomás Ehrenberg, director general de Banco Ve por Más, la banca mexicana atraviesa uno de sus momentos de mayor solidez.
Los índices de capitalización, la calidad de la cartera y los niveles de crecimiento del crédito se mantienen saludables. Eso coloca al sector en posición de convertirse en un motor relevante para la economía.
El desafío, nuevamente, está en la inversión. Cuando esta se debilita, el crédito también pierde impulso. Y cuando se reactiva, el financiamiento tiende a multiplicarse.
Proyectos de gran escala impulsados desde el gobierno —como los incluidos en el llamado Plan México— podrían convertirse en detonadores de ese ciclo.
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En paralelo, el sector financiero también se transforma. Para Jorge Arce Gama, director general de HSBC México, el siguiente gran frente es la digitalización.
Los bancos buscan fortalecer la seguridad de las operaciones, mejorar la experiencia del cliente y ampliar el financiamiento a pequeñas y medianas empresas, un segmento clave para el crecimiento.
La ecuación final parece clara: una banca sólida, con liquidez y disposición para prestar. Pero el crédito, por sí solo, no genera crecimiento.
Para que el financiamiento pase del 38 al 45 por ciento del PIB, México necesita algo más que bancos listos para prestar. Necesita inversión, proyectos productivos y, sobre todo, un entorno de certidumbre que permita que el capital —público y privado— vuelva a moverse con confianza.
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