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Finanzas personales para borrachos o cómo evitar la resaca financiera

Una noche, al salir de copas con unos amigos, toqué fondo como gastador compulsivo e irresponsable. Sin mirar la carta ni los precios pedí un mezcal, luego otro y otro. La cuenta se disparó a dimensiones extremas. Aquí te confieso todo y te cuento lo que aprendí.

Genaro Mejía 17 Ene 2024

Esto no es un artículo de finanzas personales. Es una confesión. Mi confesión como gastador compulsivo e irresponsable. Les contaré la historia para que no les pase lo mismo. Y si ya les pasó, entonces estoy seguro de que reirán y llorarán conmigo.

Lo primero que debo confesarles es que vengo de una familia muy pobre, de origen campesino. Vengo de una cultura del esfuerzo, de cuidar mucho el dinero porque cuesta mucho ganarlo.

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Gracias al esfuerzo de mis padres, mis tres hermanos y yo tuvimos educación universitaria y logramos –también a base de mucho trabajo y disciplina– tener éxito en nuestras diferentes profesiones.

Yo estudié periodismo. Después de muchos vericuetos y jugarretas de la vida terminé haciendo periodismo de finanzas y negocios, donde llevo más de 20 años ejerciendo.

Tuve una carrera en la que, durante estas dos décadas, fui invitado a trabajar en los mejores medios especializados del país, siempre yendo a un puesto mejor, con un sueldo mejor.

Nunca quise reconocerlo, pero sí cambié. Recuerdo que antes, cuando iba a un restaurante, estaba acostumbrado a ver siempre la carta de alimentos del lado de los precios, y ya que veía para qué me alcanzaba, pedía la comida. Luego empecé a pedir lo que se me antojaba sin siquiera voltear a ver los precios. Lo mismo hice con ropa, viajes, regalos.

Así que seguí gastando a ciegas, sin ton ni son, hasta una noche en que todo explotó.

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Noche tragicómica

Era la despedida de soltero de una amigo, quien se casaba en unas semanas. Otros cuatro amigos y yo organizamos una noche divertida para el novio.

Primero nos fuimos a cenar a un restaurante, famoso por sus cortes de carne, su amplia carta de tragos y su buena música. Comimos delicioso y tomamos varios tragos.

Yo andaba con la afición por el mezcal oaxaqueño, acompañado de una buena cerveza artesanal. Por eso, muy seguro de mí, pregunté al mesero qué tipo de mezcales tenían. Él me contestó con nombres de marcas y yo, con actitud prepotente, le aclaré que no me refería a marcas, sino a tipos de agave.

El mesero se fue y regresó poco después con una charola con tres botellas distintas de mezcal; me dijo qué tipo de agaves tenían cada una. Por supuesto que elegí la botella con el mejor ensamble de tres agaves: Arroqueño, Espadín y Tobalá.

Era una delicia. El mejor mezcal que había probado hasta el momento. Le agradecí al mesero y, ante mi insistencia, mis amigos lo probaron. Al poco rato ya estábamos todos tomando ese mezcal.

Nos pusimos alegres. Pedimos café y postre. Estábamos todos risa y risa, hasta que Roberto, el amigo que recibió la cuenta, se puso serio y dijo:

“¡¿Pues qué rompimos?!”

Al revisar con más detalle, resultó que cada caballito de mezcal que pedimos había costado ¡¡¡casi 900 pesos!!! La cuenta era exorbitante y estuvo a punto de arruinar la noche, pero como ya estábamos encarrerados, pagamos y seguimos la fiesta en otro bar, del que salimos a las 4 de la mañana. No fue suficiente y terminamos en un after cantando y bailando todo tipo de música pop… hasta las rolas de Fey. (Otra confesión, ja).

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Lecciones de una resaca financiera

A la mañana siguiente, cuando logré despertar en mi departamento con una cruda épica, revisé mi celular y tenía más de 10 llamadas perdidas de números desconocidos. Me preocupé. Tal vez algo le había pasado a alguno de mis amigos.

Unos minutos después volvieron a llamar. Eran del banco para avisarme que habían bloqueado mi tarjeta por registro de operaciones inusuales… Pensaron que me habían robado mi tarjeta y que alguien más estaba gastando a diestra y siniestra, pero había sido yo mismo.

Ahí toqué fondo y reaccioné. Empecé a revisar las cuentas de mis tarjetas y no podía creer todo lo que había gastado durante los últimos dos años comprando, la mayoría de las veces, cosas inútiles o innecesarias.

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Para que no te pase a ti –o te vuelva a pasar– te comparto estas lecciones que provienen literalmente de una cruda financiera y alcohólica. Consulté a varios expertos y saqué lo mejor, en especial del portal Finanzas Prácticas y de un estudio de Profeco:

  1. Aprende a diferenciar entre los tres principales tipos de gasto: necesidades primarias (alimento, vivienda, vestido), secundarias (educación, salud, transporte) y gustos o deseos.
  2. Ponle zoom al rubro de gustos o deseos: enlista a detalle cada uno y el monto promedio mensual que le destinas. Esto te permitirá ver las principales fugas de tus ingresos.
  3. Cada que vayas a comprar algo, detente un momento y hazte estas dos preguntas: ¿Lo necesito o lo quiero? ¿Puedo comprarlo sin afectar mi presupuesto? Esa pausa puede hacer la diferencia.
  4. Aprende a posponer compras y, si realmente deseas comprar algo, aprende a planear una estrategia para lograr ahorrar y juntar el dinero necesario, sin afectar tus finanzas.
  5. Nunca compres nada cuyo sacrificio para comprarlo sea mayor a la ganancia o beneficio que te dará obtenerlo. Puedes arrepentirte toda la vida.
  6. Hacer un presupuesto mensual es un básico, pero sigue funcionando. ¡Hazlo!
  7. Ten siempre recursos en efectivo para cualquier imprevisto negativo, como un problema de salud o la avería de tu auto, pero también para imprevistos positivos, como una salida con amigos inesperada o un viaje de último momento.
  8. Por favor, cuida que cualquier cosa que compres sea de alta calidad y con un precio justo. Evita despilfarrar tu dinero en cosas que pronto dejarán de funcionar.
  9. Vigila los gastos hormiga, esos pequeñitos que terminan haciendo un hueco enorme en tu presupuesto cada mes, como el café, las propinas, los cigarros, los dulces…
  10. No estaría de más que empieces ahorrar.

La borrachera de gasto y su respectiva resaca me enseñaron mucho. Fue un punto de inflexión y, a partir de ese día, poco a poco, como si fuera un adicto, regresé a mis hábitos de gasto de antes. Aprendí que, como dice Gianco Abundiz, especialista en ahorro familiar y manejo del dinero:

“No es más rico el que gana más, sino el que sabe gastar.”