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Nueva era en la industria farmacéutica mundial

El modelo basado en la competencia podría ser una verdadera responsabilidad en la carrera por desarrollar medicamentos y vacunas para combatir el COVD-19.


Mit Sloan 16 Abr 2020
Nueva era en la industria farmacéutica mundial

La pandemia de COVID-19 bien podría ser el mayor desafío para la humanidad desde la Segunda Guerra Mundial. Las compañías farmacéuticas serán la clave para combatir una enfermedad que está poniendo de rodillas a los sistemas de atención médica y está enviando ondas de choque, a través de las economías de todo el mundo. La industria farmacéutica tiene los conocimientos científicos, las capacidades de gestión y físicas, y adelantos tecnológicos para desarrollar tratamientos y, en última instancia, una vacuna contra el virus.

Sin embargo, la pandemia de COVID-19 es un momento de gran oportunidad y de gran desafío. Si la industria reacciona de manera rápida y responsable, puede tener la oportunidad de canjear una reputación que se ha visto empañada por años, por ejemplo, por prácticas de ilegales de marketing, escándalos de corrupción y precios obscenamente elevados en medicamentos vitales.

Si las compañías farmacéuticas no demuestran que realmente están priorizando las necesidades de los pacientes, y que están dispuestos y pueden colaborar exitosamente con otros jugadores en la carrera para el desarrollo de tratamientos y vacunas, su legitimidad será fundamentalmente cuestionada. Los críticos preguntarán: “¿Cuál es el punto de una industria que a menudo es una de las más rentables si se queda corta cuando más la necesitamos?”.

Antes de la pandemia de COVID-19, un número creciente de líderes empresariales y accionistas en muchos sectores, cuestionaban las ideas tradicionales sobre el propósito de los negocios, específicamente; la noción de que el objetivo general es maximizar el valor para los accionistas. A la sombra de la crisis climática, la creencia de que las organizaciones deberían tener prioridades más allá del aumento de los rendimientos financieros estaba ganando terreno.

La respuesta de la industria farmacéutica a este llamado ha sido duplicar el desarrollo de productos que ayuden a proteger la salud pública y encontrar remedios para las enfermedades. Honestamente, la industria se ha esforzado por cumplir esta promesa, mediante inversiones masivas en R&D. En una sociedad de libre mercado, donde cada compañía trata de ser mejor y más rápida que sus competidores, las farmacéuticas, armadas con derechos de propiedad intelectual y, en muchos casos, con el derecho a fijar los precios, ha desarrollado, producido y comercializado artículos que han hecho más sanas a las personas. Por eso, deberíamos estar agradecidos.

Pero hay una otra cara de cómo funciona la industria farmacéutica, que es muy problemática. El desarrollo de fármacos es enormemente costoso. El costo promedio desde el laboratorio hasta la cama del paciente, para cualquier medicamento, en general, excede los mil millones de dólares, sin garantías de que una inversión de esta magnitud valga la pena. De hecho, muchas de las inversiones son fraudulentas, por lo que las recompensas -excepcionales-  llegan a considerarse un atractivo necesario.

A pesar de las presiones de costos, la industria ha sido duramente criticada por centrarse demasiado en enfermedades de la riqueza como la diabetes tipo 2, e ignorar las enfermedades tropicales y los grandes asesinos como la malaria, para la cual los tratamientos son menos rentables. Y aun con todas las historias exitosas de desarrollo de medicamentos, como el progreso que hemos visto en los tratamientos contra el VIH y el cáncer, seguimos escuchando historias enloquecedoras de personas con necesidades de salud agudas que no pueden pagar el aumento de los precios de los medicamentos cruciales.

El comportamiento de fijación de precios de las compañías farmacéuticas no es sorprendente, dado cómo opera la industria y cómo compiten los jugadores individuales. Aunque la industria se guía en principio por la centralidad del paciente, también está compuesta por una miríada de compañías que intentan burlar y superar a sus rivales. La competencia entre compañías farmacéuticas individuales impulsa la innovación y estimula la invención de nuevos y mejores medicamentos y vacunas, así como procesos más eficientes.

Pero este modelo basado en la competencia, con cada compañía en sí misma, podría ser una verdadera responsabilidad en la carrera por desarrollar medicamentos y vacunas para combatir el COVID-19. En nuestra opinión, un mejor enfoque sería que las compañías farmacéuticas y los socios fuera de la industria presionaran temporalmente el botón de pausa en sus formas tradicionales de hacer negocios y encontraran nuevas formas de trabajar juntos, como ahora están proponiendo algunos científicos.

Luchando contra la pandemia colectivamente

Un esfuerzo exitoso se basaría en tres pasos, y requeriría que las compañías acostumbradas a trabajar en gran medida por su cuenta, para agrupar recursos con los competidores y trabajar más estrechamente con organizaciones y organismos estatales, como la Organización Mundial de la Salud (OMS), para combatir la enfermedad.

Paso 1: compartir la investigación para desarrollar tratamientos contra el virus. En una industria competitiva, cada empresa realiza investigaciones por su cuenta. Las empresas que trabajan en los mismos problemas no suelen compartir los resultados entre sí. Este secreto podría tener sentido en tiempos ordinarios para proteger las inversiones de R&D. Pero en situaciones de emergencia, cuando hay muchas vidas en riesgo, estas reglas deberían relajarse para que las empresas pudieran compartir sus investigaciones con aquellas empresas con las que compiten y con los integrantes de la academia.

Aunque algunos expertos en atención médica temen que la gran industria farmacéutica todavía esté demasiado enfocada en obtener ventaja sobre la competencia, las compañías parecen estar más abiertas a la colaboración. Las compañías farmacéuticas más grandes del mundo, incluidas Roche, Sanofi y Johnson & Johnson, han dicho que colaborarán y compartirán recursos y datos de ensayos clínicos con los gobiernos, y entre sí, para ayudar a aumentar la capacidad de prueba y desarrollar tratamientos contra el COVID-19.

Las empresas tienen que explotar responsablemente cada medida de colaboración que sea legalmente posible. Una opción es crear empresas conjuntas independientes centradas en la lucha contra el virus COVID-19. Sin embargo, en el caso de que sea demasiado complicado para comenzar a funcionar, se podrían lograr impactos similares si los gobiernos permitieran a las empresas existentes trabajar juntas sin las restricciones habituales contra los monopolios. Los gobiernos y los sistemas de salud pública también podrían buscar nuevas formas de agrupar patentes y alentar a las empresas a compartir la carga de costos de la investigación.

Otra posible área de oportunidad es la reutilización de medicamentos desarrollados para tratar otras enfermedades, como la malaria, el ébola y el VIH, intentando combatir los síntomas de COVID-19. A pesar de que vale la pena estudiar tales caminos y que pueden generar beneficios, no están exentos de peligro. Es probable que los medicamentos existentes aún tengan que pasar por ensayos clínicos antes de que puedan usarse de manera segura con un gran número de pacientes en un nuevo contexto.

Por lo general, los resultados de los ensayos con medicamentos no se comparten con otras compañías. Pero dado que la capacidad de los ensayos clínicos es limitada, las compañías farmacéuticas deben buscar la manera de aumentarlas mejorando la colaboración con los gobiernos y los sistemas hospitalarios. Hasta la fecha, los intentos más prometedores para mejorar la colaboración pueden encontrarse en un ensayo global, organizado por la OMS, llamado Solidaridad, que está probando el potencial de múltiples terapias, antiguas y nuevas en contra del coronavirus.

Paso 2: haga equipo para fabricar nuevos medicamentos. Si un medicamento sin etiquetar muestra resultados suficientemente buenos, o si se descubre un nuevo medicamento o vacuna, la capacidad de fabricación de una empresa individual probablemente sería incapaz de satisfacer la demanda global, especialmente siguiendo las cadenas logísticas, parcialmente rotas, y los requisitos de distanciamiento social que ralentizar la producción.

El desarrollo y la producción de una nueva vacuna puede llevar hasta 10 años; incluso, si se acelerara drásticamente frente a una pandemia global, se necesitaría un estimado de 12 a 18 meses. Se requerirán medidas extraordinarias para aumentar la producción y para la distribución global de vacunas eficaces. En una época de crisis, las compañías farmacéuticas deben aunar sus capacidades de fabricación para satisfacer la demanda global.

Paso 3: renunciar a los enfoques normales de fijación de precios y asignación de medicamentos. Esta es la sombra de la competencia en la industria farmacéutica. En los primeros días de la crisis de salud global, con los mercados de valores en caída libre, la compañía farmacéutica Gilead fue acusada de lucrar a costa de la sociedad. A principios de marzo de 2020, la compañía obtuvo los derechos exclusivos de su medicamento experimental Remdesivir, desarrollado originalmente para tratar el Ébola y considerado por algunos como un posible tratamiento de coronavirus.

Los denominados medicamentos huérfanos, como se sabe, están destinados a la población estadounidense, poco menos de 200,000 personas los están utilizando. Si bien, las pruebas habían confirmado menos de 60,000 casos positivos de COVID-19, en Estados Unidos, en el momento de la solicitud de Gilead a la Administración de Drogas y Alimentos (FDA, por sus siglas en inglés), la falta de pruebas significaba que el número máximo de casos probablemente alcanzaría, en distintas ocasiones, el límite de 200,000 contagiados. Ante las protestas, la compañía solicitó a la FDA que rescindiera el estatus de medicamento huérfano, renunciando a su reclamo de incentivos fiscales significativos y control sobre los precios durante al menos siete años.

Adoptar nuevas prácticas de negocios

Alejarse de las prácticas comerciales establecidas no será fácil para muchas compañías farmacéuticas: los viejos hábitos son difíciles de olvidar. En enero de 2020, un pequeño fabricante de medicamentos de Nueva Jersey, Rising Pharmaceuticals, casi duplicó el precio de la cloroquina (un medicamento antipalúdico de amplio espectro), el cual está probándose contra COVID-19. Después de una protesta pública, los funcionarios de la compañía dijeron que el aumento de precios había sido fortuito; restauraron el precio anterior una vez que se dieron cuenta de que el medicamento podría estar en demanda debido al brote de coronavirus.

Por el contrario, AbbVie renunció preventivamente a todos los derechos de propiedad intelectual en todo el mundo sobre su medicamento Kaletra (una combinación de dos antivirales utilizados para tratar el VIH), que algunas personas creen que podría resultar eficaz para tratar los síntomas de COVID-19. Esto permite que los genéricos de menor precio ingresen al mercado.

De manera similar, Johnson & Johnson, recientemente criticado por su asociación con la crisis de los opioides, ha anunciado que comenzará los ensayos en septiembre de 2020 de una vacuna que, de tener éxito, la pondría a disposición sin fines de lucro durante la pandemia.

Independientemente de qué compañías farmacéuticas finalmente descubran medicamentos terapéuticos o vacunas contra el virus, incluso con una amplia colaboración para aumentar la producción, el suministro retrasará la demanda mundial en los primeros meses. Bajo cualquier escenario, habrá escasez. Entonces, ¿quién recibirá los tratamientos primero y a qué precios?

Debería existir algún mecanismo que permitiera a las compañías farmacéuticas, involucradas en el desarrollo de curas y vacunas, proteger sus inversiones; el método correcto deberá trabajarse. Pero si las compañías farmacéuticas deciden sobre la base de quién está listo y dispuesto a pagar, la ética de la industria seguirá cuestionándose.

Si bien los gobiernos desempeñan un papel vital al afrontar la fijación de precios y asignación, por sí solos tampoco podrían ser capaces de tomar las decisiones correctas. A mediados de marzo, hubo informes de que el presidente Donald Trump intentó asegurar derechos exclusivos para comprar una prometedora vacuna en desarrollo en una compañía alemana de biotecnología. Desafortunadamente, tales esfuerzos para asegurar una ventaja nacional no son únicos; de hecho, en Europa, hay indicios de un alejamiento de la colaboración hacia el nacionalismo.

Vemos que, en ausencia de un liderazgo responsable y la aplicación de las normas adecuadas por parte de los gobiernos, la industria farmacéutica podría asumir un papel de gobernanza. Por ejemplo, podría ser fácil afirmar que el primer lote de una vacuna probada debe ir a los trabajadores de la salud que tratan a pacientes con COVID-19. Pero, ¿quién debería ser el próximo? ¿Deberíamos priorizar a los trabajadores de primera línea, recientemente reconocidos: los repartidores de paquetes de Amazon, los conductores de Uber que llevan los casos sospechosos de COVID-19 al hospital o los empleados de caja y los almacenistas que trabajan para los minoristas de alimentos? ¿O los millones de personas en los países en desarrollo que, sin la vacuna, podrían enfermarse gravemente pero no podrían recibir tratamiento en las instalaciones hospitalarias: porque ellos no existen?

Las empresas y sus ejecutivos carecen de la legitimidad para tomar estas decisiones de política pública individualmente. Sin embargo, las compañías podrían organizar un discurso de múltiples partes interesadas a gran escala que prepare tanto a los actores de la industria, como a la sociedad en general, para el momento en que existan tratamientos viables, pero que todavía tengan una oferta limitada en medio de la alta demanda. Si los gobiernos no pueden lanzar este discurso, la industria farmacéutica y la OMS podrían intervenir para llenar el vacío.

La pandemia de COVID-19 ha llevado a los gobiernos de todo el mundo a introducir medidas sin precedentes, que incluyen bloqueos y operaciones de vigilancia a gran escala. La industria farmacéutica, en colaboración con gobiernos y reguladores, necesita adoptar algunas de sus propias medidas poco ortodoxas y sacrificar temporalmente la competencia. En concierto con los gobiernos, debe prepararse para suspender y anular las patentes y tomar otras medidas, incluidos los controles de precios, y aumentar las capacidades de fabricación colectiva para contrarrestar lo peor de la crisis mundial.

Sólo al tomar medidas extraordinarias, el sector farmacéutico realmente puede cumplir con su propósito más elevado de desarrollar productos que ayuden a proteger la salud y curar enfermedades. Hay alguna evidencia de que importantes cambios están en marcha; incluso, cuando la necesidad de cambio es clara y urgente, no es fácil enseñar a los perros viejos nuevos trucos.

Versión al español: Armando Cintra Benítez

https://sloanreview.mit.edu/article/three-proactive-response-strategies-to-covid-19-business-challenges/
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